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La globalización como fenómeno cultural

http://www.unam.mx/univmex/1996/jul-ago96/jul96p.html

consultado marzo 5/2000

Florence Toussaint

 

La globalización como fenómeno cultural ocurre, al igual que en la economía, a partir de la expansión del capitalismo en el mundo. Todas las civilizaciones y países están entrando en una categoría única y los grandes medios de comunicación se han constituido en el vehículo para establecer la hegemonía en el ámbito cultural.

Lo global en el terreno de la cultura es resultado y forma parte de un movimiento mucho más profundo, de civilización, que se inicia cuando en Occidente los valores de la Edad Media ceden su lugar a los valores de la burguesía. Son el Renacimiento y especialmente la Revolución francesa los hechos que dejan establecida la nueva concepción de la cultura y del hombre que se identifica de manera genérica con las palabras moderno o modernidad.

Acerca de la modernidad hay muchas definiciones. Para Marshall Berman "hay una forma de experiencia vital -la experiencia del tiempo y el espacio, de uno mismo y de los demás, de las posibilidades y los peligros de la vida- que comparten hoy los hombres y mujeres de todo el mundo".

Para el autor mencionado lo moderno consiste en una corriente de pensamiento y sensibilidad cuya característica fundamental es exponer y aprehender la ambigüedad implícita en los resultados del crecimiento humano prohijados por el sistema capitalista. Por un lado, las fuerzas productivas se han desarrollado en una escala nunca antes vista por la humanidad, liberando con ello a los hombres de su arraigo a la tierra, a valores, costumbres, trabajo, herramientas del pasado. En este sentido las posibilidades de libertad y creatividad se han multiplicado de manera geométrica. Asimismo, todas las jerarquías se han derrumbado en la conciencia de los habitantes del mundo capitalista. Hoy, el respeto y la obediencia no provienen más de la creencia en el origen divino de los gobernantes, sino de lo que se ha dado en llamar la legitimidad y también de la fuerza que se impone a la mayoría.

Al mismo tiempo, la vertiginosa carrera hacia adelante arrastra todo a su paso, lo bueno y lo malo. Los hombres se ven envueltos en un torbellino del que no saben cuándo saldrán o si quieren hacerlo. En muchas circunstancias no están conscientes hacia dónde van, pero se ven compelidos a seguir adelante. El desarrollo y la modernización son movimientos de fondo que arrastran hasta a quien se les opone. En una sociedad así es inevitable que "todo lo sólido se desvanezca en el aire".1

Para Berman el proceso de la modernidad es ambiguo por cuanto que, a la vez que libera fuerzas y hace de los hombres individuos que deben buscar por sí mismos su lugar en la sociedad, destruye a su paso todo lo que encuentra. Para crecer y expandirse el capitalismo tiene que lograr la desaparición de lo existente. Una vez que construye algo inicia inmediatamente el proceso inverso. Su labor destructiva es tan necesaria que sin ella no podría seguir su curso. Pareciera como si la historia social fuese a mucha mayor velocidad que la historia individual. Entonces los hombres se ven atropellados por un tren que corre a una velocidad superior a la que ellos poseen para comprender y adaptarse.

El supuesto teórico sobre el cual se apoya Marshall Berman es que la modernidad es un proceso dialéctico que consiste en que todo "está preñado de su contrario". La modernidad es un estado que trasciende a los países, las clases y los géneros. La modernidad "siempre ha prosperado en el conflicto", en una atmósfera de incertidumbre y agitación permanentes.2 Todo el mundo está viviendo los vaivenes propios de la modernidad.

Sin embargo, la modernidad, dentro de su unicidad, también tiene historia. Ha pasado por tres fases distintas según Berman. La primera se remonta a comienzos del siglo XVI y se extiende hasta fines del XVIII; la segunda comienza con la "gran ola revolucionaria de la década de 1790", y la última comprende el siglo XX. Aunque en su fase reciente la modernidad ha sido criticada, el autor se niega a reconocer su fin, por lo cual se opone a quienes hablan de posmodernidad. Y señala: ¿Cuándo terminará el modernismo y qué viene después? Si la argumentación general de este libro es correcta, los que esperan el final de la Edad Moderna pueden tener la seguridad de tener un trabajo fijo.3

El juicio que sustenta todo el ensayo se resume en valorar la modernidad como un movimiento ambiguo y contradictorio con grandes dosis de destructividad pero -y esto es lo que cuenta para Berman- dotado de una vitalidad tal que no sólo es inútil oponérsele sino que es dañino. La modernidad ha traído, según él, mayores beneficios a la humanidad que perjuicios y por lo tanto es defendible. No hay una crítica a fondo del proyecto de la modernidad a pesar de que éste muestra signos de agotamiento en todo el mundo. Hay un cierto encantamiento con la modernidad el cual lleva al autor a convertir el fenómeno en algo más que una trayectoria histórica, en un mito fundante, el mito del presente siempre renovado.

En su perspectiva de historiador, Samuel P. Huntington, en su texto "¿Choque de civilizaciones?", afirma:

Mi hipótesis es que la fuente fundamental de conflictos en este nuevo mundo no será ideológica ni económica; será cultural. Los estados nacionales seguirán siendo los actores más poderosos en asuntos mundiales. El choque de las civilizaciones dominará la política global. La línea que marca la fractura entre las civilizaciones serán las líneas de batalla del futuro.4

Desde la perspectiva de Huntington, no hay tal globalización, al menos en lo cultural. Incluso los choques entre bloques serán cada vez más duros. Esto implica que los actores constituyen bloques cuyo punto de unión es "la civilización". En su planteamiento se encuentra implícita la certeza de que existe y será más fuerte en el futuro una resistencia a aceptar los valores de Occidente. Ya que, pese a los cambios que se están dando, las civilizaciones se reafirman en su identidad, se cierran en sí mismas y se niegan a ser tragadas por un capitalismo voraz.

En el terreno sociológico, Anthony Giddens ha escrito extensamente sobre globalización y modernidad; se ha ocupado de este asunto desde la óptica de la ciencia social pero mirando sobre todo el lado cultural del fenómeno. "Giddens considera la globalización como un resultado del intenso proceso de comunicación entre diferentes regiones por el cual éstas se vinculan a través de redes de intercambio en todo el globo.5

Incorpora la perspectiva del sistema mundial para el análisis del Estado nación y señala que la presente etapa es de "modernidad radicalizada". Localiza el inicio de la modernidad -a diferencia de Berman- a partir del siglo XVII en Europa y explica la globalización con base en un marco conceptual de distanciamiento espacio-temporal.

La separación entre el tiempo y el espacio es la condición que permite ser simultáneamente locales y globales. La globalización tiene que ver entonces con la interacción entre presencia y ausencia, con el entrecruzamiento de eventos y relaciones sociales que se producen a distancia de los contextos locales [...] El desarrollo de relaciones sociales y la comunicación a nivel mundial puede ser una de las causas del debilitamiento de sentimientos e identificaciones nacionalistas vinculados con estados nación [...] Así entendida, la globalización es un fenómeno dialéctico, en el cual los sucesos que se producen en un extremo, no determinan de forma unívoca los acontecimientos que se producen en el otro, sino que muchas veces dan lugar a fenómenos o movimientos que pueden ser distintos y hasta opuestos al del lugar donde inicialmente se produjeron.6

Lo anterior permite explicar el porqué del aparente surgimiento de nacionalismos radicales en supuesta oposición a la tendencia globalizadora, así como a la subsistencia de culturas locales que conviven con la cultura de lo global, caracterizada fundamentalmente por el impacto mundial de los medios de comunicación masiva.

Desde una óptica menos filosófica, autores como Richard J. Barnet y John Cavanagh describen algunos de los rasgos que la cultura de la modernidad del siglo XX ha adquirido en el núcleo del imperio capitalista por excelencia, los Estados Unidos; además, cómo este tipo de modernidad impregna ahora los sistemas de entretenimiento, el uso del tiempo libre y los contenidos de los medios de comunicación de masas, llevando así; a muchos rincones del planeta una manera de vivir la vida, de imaginarse el futuro, de pensar el disfrute y el bienestar y hasta de soñar. Según su percepción hay varios sueños globales que definen los variados aspectos de la cultura de la modernidad.

Los "sueños globales" se han podido concebir así y difundir por todo el mundo gracias al desarrollo de la tecnología comunicativa, especialmente la televisión. También por el trabajo de las industrias culturales sobre los elementos de la cultura.

En la edad de la globalización, estos autores señalan a la cultura como un gran Bazar planetario.

El bazar cultural global es el más reciente de las redes globales, y el más cercano a lo universal en su alcance. Películas, televisión, radio, música, revistas, camisetas, juegos, juguetes y los parques de diversión son los medios para diseminar imágenes globales y expandir los sueños globales. Las estrellas de rock y los clubes de video de Hollywood son ciertamente productos planetarios. Por todo el planeta la gente está usando los mismos aparatos electórnicos para ver y oír los mismos productos comerciales. Gracias al satélite, el cable y las grabadoras, inclusive los gobiernos autocríticos están perdiendo el control que tuvieron alguna vez sobre el flujo de información y la sujeción sobre la fantasía de sus gobernados.7

Los llamados medios masivos, con su irrupción acelerada en el mundo moderno, han transformado sin duda las nociones tanto de cultura como de comunicación. El universo simbólico no es el mismo desde que la atmósfera se pobló de ondas hertzianas, las azoteas de antenas, las calles de salas cinematográficas, cables, anuncios espectaculares y las casas de receptores de radio, televisión, video, teléfono, fax.

La comunicación nunca antes había tenido tantos instrumentos para desplegarse en todos sentidos, entre tanta gente, con tanta intensidad y en lugares tan apartados entre sí. Las voces se han amplificado, grabado, reproducido por miles y millones. Las imágenes que llegan a nuestro cerebro en una semana de programación televisiva no tienen relacin alguna con aquellas que un habitante del siglo XIX pudo haber visto en toda su vida.

La opinión pública perdió su sentido como una forma de expresión de grupos de ciudadanos que, a través de la prensa, del debate en foros, de la discusión colegiada, llegaban a ciertos acuerdos y los presentaban ante los demás y sobre todo ante el poder. La opinión pública, nacida al calor de la revolución burguesa -como afirma Habermas- ha perdido hoy toda su forma original para transformarse nada más en un concepto viciado que obstruye el reconocimiento de que son los grandes propietarios de los medios de masas quienes dictan la opinión a la mayoría, al menos en forma de agenda pues, si bien las audiencias no piensan exactamente lo que les dictan -pues no tienen tal poder los medios- al menos señalan o diseñan el temario alrededor del cual se piensa la vida social, económica y política. Este dictado no se realiza solamente a través del género noticioso sino, y sobre todo, por medio de la ficción, lo cual lo hace más efectivo al insertarlo en el reino del placer y del deseo.

La cultura popular ha sido absorbida por los medios audiovisuales que con métodos de producción industrial han resemantizado historias, tradiciones, fiestas y personajes e inventado muchos otros a partir de elementos originalmente nacidos entre los grupos sociales. Tal hecho produce identificación de la gente con los productos masivos y permite arraigar esta produccin como parte del imaginario colectivo. Así, poco a poco, la cultura tiene en los medios audiovisuales una fuente importante de creación y de transformaciones. Y en la medida en que los medios se vuelven cada vez más omnipresentes en la vida cotidiana de los habitantes del planeta, es esa cultura la que permea y se va volviendo dominante conforme pasa el tiempo y aumenta y se consolida la exposición a los productos de esa cultura: la cultura de masas, cultura industrial de la modernidad.

Para Barnet y Cavanagh se trata de "una feria mundial que nunca termina, un parque de diversiones, una boutique gigantesca [...] que se compone de fragmentos de cultura exótica, combinada con sanas y seguras experiencias".8

Como señalan los mismos autores, mientras la gran mayoría de los habitantes del planeta participan de estos sueños globales que les han fabricado los grandes industriales de la cultura, sólo un grupo de elite diseña y elabora políticas que tienen que ver con los circuitos de producción, distribución y consumo de tales elementos. Asimismo, esas mayorías tienen mucho menos que ver con el establecimiento y manejo de otras áreas de lo globalizado: el mercado, el trabajo transnacionalizado, las finanzas mundiales, el comercio.

La globalización en el terreno de la cultura como en el de la economía es, sin duda, una tendencia presente que crece. Sólo habría que establecer qué tan profunda e irreversible es. Los medios de comunicación son inherentes a ese crecimiento; constituyen su vehículo e instrumento más importante. Si puede hablarse de globalización cultural ésta se encuentra representada por los productos del entretenimiento, el espectáculo, la información de masas. Pero el movimiento inverso también está en el horizonte. La manifestación de nacionalismos exacerbados, la defensa de las soberanías políticas, de los orígenes étnicos, de la lengua, la tradición, la historia de los pueblos, está hablando de un movimiento alejado de los parámetros que quiere imponer la globalización. La resistencia existe y se manifiesta aunque no con la intensidad y extensión de lo tecnológicamente masivo.

Es muy posible que en los próximos años veamos crecer la brecha entre dos mundos: el de la globalización y el de la regionalización. Ambos combatiendo entre sí por dominar, por hacerse de la hegemonía tanto en el orden económico como en el cultural. Ciertamente es muy poderosa la fuerza del capitalismo mundial, misma que se apoya tanto en el consenso que se procura a través de mensajes culturales homogéneos como en la fuerza de las corporaciones mundiales. Pero la resistencia existe aún, sobre todo en el terreno de las formas de vida cotidianas y de su representación simbólica.

Las evidencias del crecimiento económico, por ejemplo de Japón y de la Comunidad Europea, la aparente declinación de la economía estadounidense que hace grandes esfuerzos por no perder su calidad de líder mundial, permiten conjeturar soterradas luchas por los mercados y las ganancias dentro del mismo mundo capitalista; quizá también por un reparto del resto de los territorios y estados comprendidos en ellos.

La lucha cada vez mayor de los pueblos por abrir espacios a la democracia, las reivindicaciones de las etnias y las poblaciones marginadas, la existencia de enormes conglomerados humanos como China, la India y los países de religión musulmana, hacen suponer que la vía para que se imponga el Occidente liberal y capitalista no es tan expedita como la ven Cavanagh y Barnet, entre otros autores.

En México, la globalización se da por la influencia inevitable de los Estados Unidos. Tanto en lo económico como en lo social y cultural. Nuestros aparatos productivos y de entretenimiento se encuentran ligados de manera ineludible con los modelos y las empresas transnacionales. Es así que los medios de comunicación masiva del país nacieron y se han desarrollado bajo la égida estadounidense. Y si bien hubo un cierto periodo de crecimiento autónomo y la aparición de programas propios, en el momento en que la globalización nos alcanza, el carácter desnacionalizado y transnacional de la industria cultural mexicana se deja sentir con más fuerza. La base financiera, comercial e industrial comienza a absorber mayor volumen de elementos foráneos. El capital extranjero directo, antes vetado por la ley, inicia su conquista de las empresas con lo cual el vínculo con la globalidad aparece cada vez más claro. Y, paralelamente, esos sueños globales de los que hablan Barnet y Cavanagh invaden persuasivamente las conciencias de los millones de televidentes y usuarios de los nuevos medios en México.

1 Cita tomada de Marx por Marshall Berman, Todo lo sólido se desvanece en el aire, Siglo XXI, México, 1991.

2 Ibid., p. 237.

3 Ibid., p. 367.

4 Samuel P. Huntington, "¿Choque de civilizaciones?, en Zona abierta de El Financiero, 30 de julio de 1993.

5 Citado por Gina Zabludowsky, Sociología y política, el debate clásico y contemporáneo, Porrúa-UNAM, México, 1995, p. 73.

6 Anthony Giddens, citado por Zabludowsky, op. cit., pp. 75-76.

7 Richard J. Barnet y John Cavanagh, Global Dreams, Imperial Corporations and the New World Order, Simon & Schuster, Nueva York, 1994.

8 Ibid., p. 30.